Pascual Rosser

¿Conoce las andanzas de Sego Gostino?

Opinión. Pascual Rosser Limiñana

| Radio El Campello

¿Conoce las andanzas de Sego Gostino?
Opinión. Pascual Rosser Limiñana

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¿Conoce las andanzas de ‘Sego Gostino’? ¿Cuál fue su mal y qué le regaló el destino? Era uno de esos niños traviesos de la barriada de Santa Cruz que tenía tiempo para todo menos para ir a la escuela. Esto ocurría a principios del siglo XX cuando aún se vivía mucho más en la calle que en las casas, cuando no era raro dejarse la puerta abierta para ir a la plaza, comprar lo necesario, y volver a su vivienda sin que alguien – amigo de lo ajeno – se llevara lo que no era suyo. Qué tiempos aquellos que parecen de leyenda. Eran años en los que la mayoría de las calles del barrio aún eran de tierra, y se convertían en un barrizal cuando llovía. Era época en la que el ‘barrio’ tenía personalidad propia y se vivía en él como una isla dentro de la ciudad.

De ‘Sego Gostino’ hablaban los más ancianos del lugar, los antiguos vecinos de la Villavieja. De boca en boca, su historia se convirtió en otra leyenda urbana, de las muchas que tiene la capital alicantina. Sobre él recitaba poemas el poeta Antonio Vaho en el Real Casino Liceo de Alicante. Dejó huella, quién se lo iba a decir en sus años mozos.

Gamberro como el primero, de una gran puntería acertaba de lejos todo objeto que se ponía en su diana, tuviera alas, pétalos o fuera el cristal de una ventana. Era terco y gruñón como el que más, y no había frase que dijera que no llevara un taco con desprecio. Se hacía respetar por los más pequeños, creyéndose su líder o su tirano, según el día. No dejaba títere con cabeza a la hora de imponer su ley. Rozaba el maltrato si no le hacían caso. «Era hijo de una lavandera y de un conductor de diligencia cuando Madrid y Alicante estaban unidos por silla de postas», según nos cuenta Emilio Chipont en su libro El otro Alicante.

Permita un apéndice. Que viene suena eso de silla de postas. Los caminos de hace siglos son – en la mayoría de los casos – el origen de las principales carreteras de hoy. Le comparto un solo dato, para no alargarme. Decía la Memoria de Obras Públicas de 1896 que «el verdadero origen de nuestras carreteras generales y de la legislación de las obras públicas en España arrancan, más bien, de 1761», en época del rey Carlos III. Se planteó por primera vez la problemática de la red de carreteras en el contexto general de la política de Estado. Fue Bernardo Ward, irlandés al servicio de la Corona española, quien se encargó de la planificación de las carreteras durante el reinado de Carlos III. Ward escribió que «España necesita de seis caminos grandes, desde Madrid a La Coruña, a Badajoz, a Cádiz, a Alicante, y a la Raya de Francia por la parte de Bayona como por la Perpiñán. Después se necesitan diferentes caminos de travesía de unas ciudades a otras, y haciendo el rey el primer costo, como corresponde, es muy justo en lo sucesivo mantengan estos caminos los pueblos mismos». Y por esos caminos conectaba Alicante con Madrid, o a la inversa según más le guste, caminando, cabalgando a lomos de mula o similar, a caballo, en silla de postas o en la diligencia. Luego llegaría en tren por su camino de hierro.

Deje que vuelva al Sesgo Gostino. Sus padres no sabían qué hacer con él. Por más que querían inculcarle sus valores, educarle y conseguir que fuera una persona de provecho en el futuro, Agustín Andreu, que así se llamaba, hacía una trastada tras otra. Era dicharachero, callejero, amante de la fiesta desde edad joven, tenía un espíritu libre que no dejaba enjaular ni por sus tareas escolares ni por sus compromisos familiares. A su vez, tenía buena voz, la fue madurando pasada la edad adolescente.

Y pasó algo inesperado que le cambió la vida. Nadie sabía el por qué, ni conocía la causa, pero había sucedido. Un buen día, se dio cuenta que no veía nada, se había quedado ciego. Así, de la noche a la mañana.

Fue una enseñanza de vida. Pasó de la arrogancia a la humildad, de la agresividad a la templanza. Tenía buen fondo, pero no lo sabía. Le era más fácil ser mala persona, hacerse respetar a la fuerza. Las circunstancias le obligaron a ver las cosas de otra manera. Y aprendió la lección. Su nuevo perfil era mejor que el anterior. La gente lo valoraba por sí mismo, por su don de gentes, por su talento. Incluso por su cara dura. Terminó siendo un holgazán con buen gusto.

Tenía veinte años y toda la vida por delante, ¿qué iba a ser de él? Tiró de ingenio. Tenía una voz agradable y tocaba la guitarra y, antes de sentar plaza como soldado, se lanzó por esas carreteras polvorientas de la provincia, cantando las coplas inolvidables que le hicieron famoso, según nos cuenta Chipont. Con su voz y con su música popularizó “la oración de Santa Rita, la de las causas imposibles”, “San Antonio y els pardalets”,”la Mare de Deu del Carmen”, “Villavella a fosques”, “El Canto de San Rorro”, …

¿Sabe el origen de la copla? Sus inicios fueron a mediados del siglo XVIII con la tonadilla escénica. Esta cubría los intermedios de las comedias hasta que evolucionó como género propio. Se introdujo en España a través de la nueva dinastía de los Borbones. De canción patriótica durante la invasión napoleónica pasó a un relato social sin pretensiones. Muchas son las voces que han dado fama a este género: Concha Piquer, Lola Flores, Rocío Jurado, Manolo escobar, Carlos Cano…

Y entre ellos, Sego Gostino, Figúrese, menos famoso, pero no con menos entusiasmo. De voz entonada, se hizo un hueco en la cartelería de los cafés y tabernas de su época donde tenía sus minutos de gloria para cantar sus coplas.

Según otro personaje de la calle al que llamaban ‘el Cisterna’, Gostino murió en el Hospital del Rey. Contaba que el le acompañó hasta que dio su último suspiro tarareando una de sus canciones favoritas.

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